sábado, 19 de junio de 2010

Capítulo I Valery

Estaba exhausta, sabía que las terapias no estaban funcionando porque cada vez me sentía peor. Claro todos decían que era normal sentirse así “vaya, si que es una mierda”. Me tape la boca, ¿yo diciendo mierda? Sonreí levemente, me estaba convirtiendo en una enferma, pelona, grosera. Me levante lenta y trabajosamente de la “cama” y me dirigí al baño jalando el tripie.

Me miré en el espejo y suspire. “¿realmente era necesario llevar el cabello tan corto?”. Fruncí los labios y masajeé mi cabello, bueno lo que quedaba de él y mire a la chica del espejo con determinación. Debía salir de aquel martirio.

Regresé a mi dormitorio, mire el reloj de la cómoda, nueve veinticinco, si me apresuraba lo suficiente podría llegar antes de que la enfermera que me cuidaba hacia tres meses llegase. Corrí hasta la silla donde estaba la única muda de ropa que tenia, cuando llegué a ella tuve un desagradable acceso de tos. Todo gracias a las quimioterapias, me sostuve del asiento y cuando me recuperé, tomé las prendas y me cambié. Me veía fatal con mi cabello corto y mi piel, en un tiempo color caramelo, color gris pálido. Los jeans y la playera estaban bien pero no eran mi estilo. Me encogí de hombros, no importaba de todos modos iba a morir.

Salí cuidadosamente de mi habitación. Cuando un doctor me vio le sonreí tímidamente y extrañamente él me devolvió la sonrisa. Lo había logrado solo era cuestión de tiempo para salir y después de ahí debía alejarme lo mas posible de aquel infierno. Cuando puse un pie fuera del hospital, el calor me embriago ¿Por qué demonios mandarme hasta Río de Janeiro a tomar quimio? Me tambalee confusa pero nadie pareció notarlo, suspire aliviada. Hurgué en las bolsas del pantalón, traía casi trescientos dólares.

Hice la parada al taxi y le ordené que me llevara al lugar más lejano que podría llegar con trescientos dólares. El trayecto fue divertido veía gente correr, montarse en sus autos y en sus lanchas. Sonreí tristemente varias veces hasta que el chofer me indicó que ya no podía seguir, me baje y deambulé como zombi por cuatro días mas hasta que de pronto la angustia me embargo, además del hambre y el frío.

Me dejé caer bajo un árbol. Estaba más cansada que cuando corría. Cerré los ojos pero no dure mucho dormida, algo perturbo mi sueño. Una sombra detrás de los árboles. Me asusté y corrí hasta morir, literalmente, del cansancio, llore como niña, no quería morir. No así; sin nadie que me viera ni velara mi último aliento. Mi madre y su conservador esposo me habían mandado lo más lejos posible para ahorrares la vergüenza de ver como moría lenta y pausadamente.

Un acceso más de tos, este acompañado con sangre. Seguí sollozando, pensando en mi familia, mis primos, mis amigos; todos ellos me iban a extrañar, todos menos mi madre. Debía dejar de luchar, dejarme vencer, esa era yo, Valery Cabrera, la chica que se rinde siempre. Sollocé más fuerte sacando mi último aliento de rabia e ira hacia mi madre. Hacia la extraña en la que se había convertido. Entonces hundí mi cara en el lodo. Deseando dejar de respirar con esos pulmones deshechos de tanto toser, el cáncer se la había cobrado infernal conmigo. Primero el páncreas, después el estomago para terminar con los pulmones.

Había dejado de respirar cuando oí los pasos de algo, me enderece y trate de visualizar…

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